Historias

Cuando la banda y un viaje, me reencontraron con mi abuelo.

Me encuentro una vez más aquí, mirando el espacio en blanco y vacío donde escribo estas experiencias. Debo admitir que extrañaba ponerme a pensar, recordar y sentir con todos mis sentidos para revivir una historia. Esta es especial, porque de alguna forma, me hizo revivir a mi abuelo. Aquí les va:


Después de darle unas dos capas de protector solar a mi pálida y amarillenta piel, cargué nuevamente la mochila en mi espalda. La cámara colgaba de mi hombro, acompañada del micrófono que era la primera vez que usaba en un viaje. Seguía un poco cansado y dormido de la siesta de medio día en el hotel. Asumí que las tres de la tarde era buena hora para seguir explorando.

Según el recepcionista, andar con la cámara colgando en el hombro era seguro en San José de Chiquitos. Por lo tanto, me fui con mayor seguridad hasta el centro del pueblo con todo el equipo listo.

View this post on Instagram

Mientras la segunda parte de #SanJosédeChiquitos 🌎 se está cocinando, les comento que las historias 📃 que tenía un poco olvidadas regresan al blog en este destino 🔝 Básicamente es la historia de una de las casualidades más bonitas que he tenido en la vida. 🙂 Mañana en la página del blog. 💪 No olviden que @elhadopropicio está en #Youtube, #Facebook, #Twitter y en la página web del #blog 📱👍 . . . . . . . . #Travel #traveller #bolivia #bolivian #turismobolivia #ig_bolivia #allaboutadventures #iambt #bbctravel #tourtheplanet #lovetheworld #travelgram #instatravel #travelblog #travelblogger #blogger #vlog #like #follow #tflers #camera #travelguide #handmade

A post shared by Gus Lozada - El Hado Propicio (@elhadopropicio) on

Habían pasado unos cinco minutos desde que salí del hotel. Por mi frente ya caían gotas de sudor. La botella con agua probablemente ya estaba a temperatura ambiente y el perro que le ladraba a la textura peluchosa del micrófono ya había regresado a resguardar su casa. En ese momento un joven de gorra y pantalón ancho simplemente me grita: ¿Y cuánto ej que le costó su cámara?

PÁNICO. Yo soy de esos que ante situaciones fuertes se pone muy claro y objetivo, el pánico me llevó a cerrarme pero a ponerme duro ante la situación. Le dije que la cámara es antigua y  pregunté el por qué querría saber el precio. Respondió: ‘Porque quiero saber nomáj’

Opté por usar más la razón y hacerle saber que no era un extranjero. Le pregunté su nombre y si es josesano. Ante su respuesta le devolví el saludo diciéndole mi nombre y asegurándole que venía de la ciudad de Santa Cruz. Se me vinieron a la cabeza los cientos de extranjeros que al venir a Bolivia sufren algún robo o diferentes tipos de violencia. Me llené de positivismo y dejé pasar el momento como una simple curiosidad.

Pasada media calle, veo a un señor de avanzada edad sentado en un sillón de tiras en la acera. Como en todos los pueblos de la chiquitanía, el señor me ve y me saluda con un ‘buenas tardes’ mientras asiente y hace una ligera sonrisa. Le contesto de la misma forma y estuve a punto de continuar el camino.

En ese instante que la suela de mi zapato estaba por topar el suelo, se vino un aroma a ‘jaboncillo’ con una mezcla de arena y agua de río. Ese aroma que nos avisaba a sus nietos que Don Orlando ya venía limpiecingo de bañarse en el Río Cuchi. Mi cabeza volteó y lo vi ahí, con una camiseta blanca medio transparentosa que apenas le lograba cubrir los pezones, un short corto que le apretaba los muslos y los pies descalzos dentro de dos chinelas de aquellas bien simples.

Esta no es la casa, pero el estilo es muy similar.

Yo sabía que algo tenía que decirle, sea lo que sea, estaba de alguna forma reviviendo a mi abuelo que estaba sentado en su asiento de tiras mientras refrescaba. ‘Disculpe que lo moleste, ¿es seguro que yo ande con mi cámara colgando por acá?’ le dije. Muy francamente me respondió que San José es un pueblo chico y que ande con confianza con la cámara.

Ya confirmado que me debía sentir cómodo, bajé un poco la guardia y le comenté lo que me había sucedido media cuadra hacia atrás. Supo justificar con que en el pueblo la gente es curiosa pero que tampoco están libres de que algo suceda.

Ahora quien pidió disculpas antes de preguntar fue él, quien me preguntó que estaba haciendo yo en su pueblo. Le respondí una versión sintetizada de todo esto, haciéndole saber que viajo por el país promocionando destinos que son poco usuales. Le agradó saber que estaba haciendo este trabajo en su pueblo. Rápidamente empezó a decirme todo lo nuevo y lo que se podría visitar en la cuna de la Cruceñidá.

Ya habíamos dado unos cuantos pasos más en la confianza. Me animé a comentarle el parecido no físico pero sí de todo el cuadro lugar-persona-espacio, que me hacía recordar a mi abuelo. Ese al cual aun recuerdo bajo un gigantesco árbol esperando el atardecer mientras los tucanes llegaban a las ramas.

El hombre supo responder con una sonrisa que marcaba las líneas de expresión en su piel colorada. Me dijo que no pensaba que yo era ‘de acá’ (Boliviano). Solo supe decirle que si de alguna cosa me siento orgulloso, es de haber nacido en este país.

Estuvimos charlando de cada destino y cosa linda que tiene nuestro país. Así se fue alargando el tiempo de nuestra conversación. El cigarro se consumía y yo dejaba de sudar bajo la sombra de su acera. Habrán llegado unas dos personas a saludarlo, quienes le proveían algún ‘supo la última’ y una invitación a la casa de alguien.

Entre risas y anécdotas salió el tema de la cultura, la juventud y la música. Me sorprende diciéndome que al final todo mundo puede escuchar lo que quiera, pero que reconoce que a la juventud ya no le gusta la música de antes. Festejos, aniversarios y cumpleaños. En ese momento dice lo siguiente:

‘Hace muchos años que mi cumpleaños lo festejo con banda. Las fiestas de verdad, se hacen con banda”

Al hombre se le llenó el rostro de alegría de pensar en el sonido de las trompetas, bombos y platillos. Me detuve a observar y contemplar cómo su cuerpo se llenaba de energía de pensar en lo que efectivamente era una costumbre en su vida. Extrañamente, lo veía a él también.

Por mi mente y mi imaginación se mezclaban unos cuantos platillazos con un beat de electrónica y los trompetazos se hacían sintéticos. No tengo idea de hacer música, pero si trataba de encontrar una forma de hacer que me guste la banda como a mi ‘tocayo’.

Realmente creo que nunca contrataría una banda para mi cumpleaños. Me puse a pensar en alternativas que de alguna forma tengan un factor de identidad cultural y a su vez, de millenialismo.

Estábamos de acuerdo que al final todos pueden escuchar (y hacer) lo que le plazca. A su vez, entendía su ligera molestia. Muchos jóvenes no tenemos ni idea de la cantidad de costumbres y tradiciones en nuestro país.

Perdí la cuenta del tiempo que llevaba parado en su acera. Era un real placer estar ahí. Ya era más de las 4 de la tarde. Yo tenía que ir a reunirme con un grupo que llevaría a pasear al mismísimo Embajador de España. Tuve que cortar con nuestra conversación y le consulté si él estaría por allí esos días. Nos despedimos y me fui ‘a toda mecha’

Al día siguiente regresé unas tres veces por el lugar y no lo encontré. El subsiguiente día pasé por su casa donde venden salteñas en la mañana y lo más seguro es que llegué tarde. Ese misma tarde sentí que debía darle un chance más a un reencuentro nuestro y finalmente, lo encontré.

Pasé a despedirme de Don Gustavo, que me recibió con una sonrisa aún más grande que la de la primera vez. Le conté un poco de lo que estuve haciendo en esos días y quedó muy alegre. Solo supe agradecerle por el tiempo que estuvimos charlando y por su amabilidad.

Me deseó buena suerte en mis aventuras y yo deseé poder reencontrarlo nuevamente en el futuro. Bromeó que si seguía vivo eso iba a suceder, porque él de ahí, no se va a mover.

Me fuí caminando y a las pocas horas ya estaba subido en el tren de regreso a la ciudad de Santa Cruz. El aire acondicionado se iba llevando de a poco el aroma de mi abuelo con cada metro que me alejaba de San José y recordé una vez lo que le dije antes de partir:

Si usted quiere que nos encontremos una vez más, tiene que seguir haciendo cosas que lo hacen feliz. Así que por favor, lo último que tiene que faltar en su cumpleaños, es la banda.

Su aparición en mi camino no fue una mera casualidad. Creo fue un recordatorio de que las personas que nos rodearon y rodean, son y siempre serán parte de nosotros. No creo tener mucho en común con mi difunto abuelito, pero ese día tuve una inusual oportunidad de volver a hablar con él. Y aún más importante, recordar que algo de él vive en mi.

 

Dedicado a él.
San José de Chiquitos, Septiembre del 2017.

You Might Also Like

No Comments

Leave a Reply