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Marcy y las orquídeas curativas de Samaipata.

Después de una mañana de fallidos intentos para llegar a un centro de medicina alternativa, el destino me mandó a una lugar que al parecer era mi obligación conocer. En plena esquina de la calle Camarapa entre Sucre y Bolivar de Samaipata, me encontré con el vivero Oskar. Lugar donde se desenvuelve una de las historias naturales y de energía más bonitas que he tenido en este año.

Desde fuera se ve una gran cantidad de plantas, pero no es hasta que entrás que sentís su verdadera presencia. Y ojo, cuando hablo de presencia no me refiero a su existencia física, estas plantas son especiales, ellas saben que llegó alguien de visita.

De una pequeña casita sale una mujer con una amplia sonrisa y una luz única. Marcy tenía las manos con tierra y uñas cortas. Sobre todo, tenía una historia que contar y ahí estaba yo para escucharla.

Mientras dábamos vueltas por un mar de orquídeas, me fue explicando una pequeña parte de sus 18 años de experiencia cultivándolas. Algunas de ellas están a su lado desde el inicio, otras con 10 u 8 años y otras que le llegan semanalmente de rescatadores de orquídeas y de regalo.

Al escucharla hablar de sus plantas solo se puede sentir pasión. Yo no se mucho de plantas, es más no tenía idea que me hablaba en un 90% de mi tiempo ahí. Pero ella se hizo entender y despertó en mi un rinconcito ecologista que creo que todos deberíamos tener activado.

Habían orquídeas en TODAS PARTES y no exagero. Las raíces de estas maravillosas plantitas estaban adheridas a cucharas de palo, sillas, troncos de helecho, semillas de pino, macetas viejas, canastas de cumpleaños y cientos de pedazos de ‘algo’ que funcionan para el cultivo de orquídeas.

Se disculpó conmigo en reiteradas ocasiones por recibirme con el vivero descuidado. Está en planes de remodelar el lugar para hacerlo un atractivo turístico más en Samaipata. Yo no sentí nada descuidado el lugar, solo sentía una energía inexplicable que venía de una montonera de plantas.

Marcy Montenegro, ha pasado por distintos desafíos en su vida para llegar a ser básicamente la reina de las orquídeas en el pueblo, el departamento y el país. Así es, ella ha sido campeona departamental y nacional de orquídeas dándole orgullos a su municipio, quien ha sabido reconocer su esfuerzo y dedicación.

Para su familia puede que sea un poco complejo entender su pasión por esta actividad, pero ella tiene una convicción y seguridad de que lo que está haciendo es por el bien de ella, su familia y el de todos. Tal es su preocupación con el medio ambiente que cuando me dijo la siguiente frase, quedé inmóvil.

»Cuando se acaben las orquídeas y las abejas, nos tenemos que preocupar»

Después del silencio, tuve que preguntar porqué. Me explicó que las orquídeas son reguladoras de humedad, purifican el ambiente y ayudan a la polinización de flores de orquídea. Además, su presencia reduce los fuertes vientos. Las abejas cada vez huyen más de las ciudades por las antenas y que su presencia en la naturaleza es fundamental para cumplir ciertos ciclos naturales.

Con su propia experiencia siendo samaipatense, me manifestó su preocupación por el calentamiento global. ‘‘Antes no llegábamos a menos de 6 grados, ahora hay heladas en Samaipata, estamos destruyendo al planeta y mi forma de ayudar es cuidando a estas plantas»

Por otra parte, Marcy es madrina de recuperación de helechos y orquídeas cuando hay casos de deforestación. Me deja muy muy claro que ella NO VENDE ninguna de sus orquídeas porque considera que solo ella las puede cuidar con tanto cariño. Aun así, tiene un grupo de cultivadores de orquídeas en Bolivia. Allí comparten experiencias y se cuestionan sobre apariciones de nuevas especies.

Para sustentar el vivero, Marcy vende otro tipo de plantas, entre cactus, suculentas, bonsai, plantas de cítricos, café y flores. Sus más de 370 especies de orquídeas, son suyas.

Ansía dejar un linaje de información para las nuevas generaciones y que estas sepan la importancia de las orquídeas para el ecosistema. Eso si, les deja claro que este es un sacrificio hasta familiar y que muchas veces ni la misma familia logra entender la importancia del trabajo que está realizando.

Finalizando, compartió conmigo algo que hizo que tenga aun más amor a las orquídeas. Marcy tiene una plena convicción que las orquídeas le curaron el cáncer. En su momento, fue diagnosticada y recibió las cirugías y tratamientos correspondientes, pero su médico le dijo que su recuperación fue muy rápida y un tanto inexplicable.

»Ni mi marido ni el médico entendían porqué mi recuperación fue tan rápida, yo estoy segura que mis orquídeas me curaron del cáncer»

Convencida del poder de las orquídeas, les da el mérito a sus hijas que le devolvieron el favor de mantenerla con vida. Esto pareciera una simbiosis para la supervivencia. Y ¿Saben qué? Yo le creo al 100%

Ha recibido en el vivero personas con deseos de sanarse y que le han pedido permiso para pasar más tiempo rodeado de las orquídeas. Al final, muchos van buscando las alternativas necesarias para salvar sus vidas de enfermedades o de vacíos que nos deja nuestra existencia. Marcy con gusto, atiende a quienes desean sanarse, ya que sabe que sus hijas tienen el poder de hacerlo.

Llegamos a la conclusión de que ambos estamos locos y por eso nos llevamos bien, cada cual creyendo fielmente en lo suyo y arriesgando lo necesario. Logramos congeniar tan bien que volví al otro día y al tercero también. 

Mis días en Samaipata habían terminado. Hice mi respectiva firma de visitas en un libro de firmas con mensajes en todo tipo de idiomas. Prometí avisar antes de regresar para que nos tomemos un café en compañía de sus cientos de hijas que estoy seguro que también extrañaré.

¡Hasta pronto Marcy!

PD: Marcy busca ayuda para llegar a Guayaquil (Ecuador) y representar a Bolivia en el World Orchid Conference (Conferencia Mundial de Orquídeas) en Noviembre. Quienes deseen aportar a la causa, a comprarle plantas o contactarse con ella para tener una visita en el Vivero OsKar en Samaipata pueden contactarse con ella al número (+591) 77062938 y al correo [email protected]

Historias

Una historia de minibus…en Quechua.

Cuando anuncié el desarrollo de mi experiencia en La Paz, dije que contaría historias. Le estuve dando vueltas al asunto porque perdí las anotaciones y grabaciones de audio de donde surge esto. También, porque de alguna forma, estaba buscando la forma de escribir con equilibrio, algo que hasta hoy me hace tocar la cabeza.


A eso de las 9 de la mañana, estábamos llegando a la zona del Cementerio General de La Paz para buscar transporte que nos lleve a Tiwanaku. Una vez llegamos a la cooperativa que se encarga de dar el servicio, nos sentamos a esperar que el minibus se llenara.

Después de esperar en la oficina nos subimos al bus. Una argentina, unos cuantos chilenos, una pareja y una jovencita claramente boliviana. Ya había pasado largo rato que esperábamos para que se llene el minibus y que al conductor le den ganas de partir. A insistencia nuestra y que apareció una joven más, el conductor encendió el minibus y nos fuimos.

Empezamos a charlar inmediatamente con los chilenos y con nuestra nueva amiga argentina. Ya hasta habíamos encontrado conocidos y temas en común. Tan tupida iba la charla, que no nos dimos cuenta que ya estabamos saliendo de El Alto. Tuvimos que buscar un nuevo camino para llegar a Tiwanaku. ¿La razón?

Emp*te #1: Un bloqueo.

Seguido a ello aparecen las comunes injusticias y atropellos de servicios en latinoamérica, el chofer nos quería cobrar más dinero para ir por otra ruta.

Emp*te #2: Viveza Criolla

Todos empezaron a reclamar, menos la joven boliviana. Ella en toda su serenidad y silenciosa presencia, sonríe y nos comenta las diversas razones por las que podrían estar bloqueando. Recién en ese momento le dimos atención a ella.

Maruja es una joven igual que yo, igual que muchos otros que van a leer esto. A sus veintipocos años, unos 1.50 de estatura, mejillas quemadas, piel morena y muchos otras palabras que podrían describir su exterior, es una de las personas que más me enseñó en mi viaje por La Paz.

Ya tenía un título en Educación Superior y ahora estudia Lenguas. Cuando hablamos de conocer nuestro país, nos comentaba que ella conoce Santa Cruz y que le parecía hermoso. Visita esta ciudad del oriente boliviano para estar con uno de sus hermanos que es militar. Maruja era una sorpresa.

Sobre el camino, sube un señor anciano al minibus. Tenía un aguayo en la espalda, el cual dejó caer al piso del vehículo. Tomó asiento y solamente mira a Maruja. Nosotros no existíamos. De alguna forma sentí lo mismo que pudo haber sentido Maruja al subir y nadie conversaba con ella.

Emp*te #3. Me sentí injusto.

Luego de decodificar que no hablaban en español, le preguntamos a Maruja qué idioma estaban hablando. Con la misma sonrisa que ya nos había respondido antes, nos dice: Quechua. En ese momento yo empecé a emocionarme con la oportunidad de aprender algo nuevo. Iniciamos la conversación entre nuestra dulce traductora, dos cambitas y un quechua.

Como dije, perdí mucha información y de tremendamente idiota, no anoté los datos en el travelbook. El señor tenía un nombre muy diferente para mi, su apellido tampoco lo recuerdo. Si recuerdo que tenía los ojos muy rojos pero a la vez eran dulces, su rostro tenía piel gruesa que formaba pliegos demostrando su avanzada edad. Sus manos tenían tierra y la boca llena de coca.

Cuando le preguntamos su nombre nos muestra un documento. Un credencial antiguo que decía que fue presidente de los proveedores de leche de la comunidad donde vive, muy cerca a Laja. Vive solo, lejos de sus hijos. Algunos trabajaron la tierra con el, incluso supimos que algunos de sus hijos no quisieron regresar a ser agrícolas y decidieron mudarse a la ciudad. Es viudo y hasta ese día, trabajaba sólo.

Al decir el nombre de su comunidad, Maruja se sorprendió y empezó a preguntarle cosas en Quechua. Nuestra curiosidad nos llevó a preguntar que hablaban. En un casa donde vive su familia cerca a Tiwanaku, un hombre de la comunidad que el señor mencionaba, entró a robar y se llevó muchas cosas de valor. El señor del aguayo reconoció a la persona, uno de los borrachos del lugar.

Maruja necesitaba ponerse en contacto con las autoridades de aquel sitio. Sacó un bolígrafo para anotar el número del hombre en su mano y recordé mi travelbook (recién). Arranqué una hoja para que anote sobre papel y se lo di. Estábamos creando conexiones.

La charla se tornó más íntima. El señor nos comentaba cómo le molesta que las personas roben, que todo trabajo cuesta pero que trabajar es lo que lo mantiene vivo. Se siente rico, porque para su forma de ver la vida, el es rico. Tiene casa, tiene alimento, formó una familia, vive de la tierra y encima le pagan por ello. Cuida de la tierra como la tierra cuida de el. A ello se suma la experiencia de vida de la hermana de Maruja, quien atraviesa los prejuicios machistas de ser mujer, de origen quechua y estudiante de agronomía.

Hablando de lo que está bien y mal, Maruja habla de la religión. La lleva a decirle al campesino que debería presentarse mejor. Claramente se refería a su aspecto físico. Contaba que ella le enseñaron que uno debe vestirse y estar limpio para agradarle a Dios. El hombre anula esa opinión con su cabeza y le responde con la frase que me hizo escribir esta historia:

»La cabeza es para pensar, no para peinar»

Mi cabello tenía cera, spray de pelo y otras maniobras estéticas con las que lidio desde que decidí cortarlo. Me pateó la existencia con esa frase. Me perdí de la charla y sólo me puse a pensar en cuan diferentes son nuestras vidas. Decidí no juzgarme por la vida que tengo, más allá de eso sentí agradecimiento.

Regresé a la charla y ya había perdido el hilo. Pocos minutos después, el campesino pide al chofer detener el minibus. Maruja se despide de él diciéndole: Chao tío. Ante la duda decidí preguntar porqué le dijo tío si se suponía que no se conocían. Ella me explica que en su cultura, a todo hombre mayor se le debe decir ‘tío’. Que incluso un anciano le debe decir tío a alguien que sabe que es mayor. Estaba cumpliendo su rol de maestra sin darse cuenta que estaba regando en nosotros su cultura y tradiciones.

No pasó mucho tiempo más hasta que ella también bajó del minibus. Tomó su bolso, nos deseó buen viaje, una sonrisa más y bajó. Era la más pequeña que iba entre nosotros, en edad y estatura, más su grandeza me hizo sentir diminuto. Tanto que sentí una terrible vergüenza para pedirle su número o si tenía alguna red social.

Emp*te #4. Perdí una gran amiga.

La forma en la que vivo me lleva  a cuestionarme si ellos están bien. Puede que su concepción de la vida los lleve a tenerme pena o tal vez no existí más para ellos después de ese día. Quizás bajo su percepción de nuestra existencia ellos viven mejor que yo. Me queda esa ambigüedad en la cabeza hasta el día de hoy y no le quiero encontrar una solución.

Sé que su aparición en mi camino, me enseñó mas que varios años estudiando sociología o antropología. Creo que su cultura está llena de sabiduría, al igual que la mía. Ninguno eligió la vida en la que nació.  Si podemos decidir qué hacer con la vida que tenemos ahora, con lo que vivimos y lo que PENSAMOS. Entiendo que una de mis misiones en este mundo no es entender todo, pero si contar todo esto.

Quizás así sepamos que más allá del aspecto físico o del origen de cualquier persona de este planeta tierra, hay un ser humano cargado de la belleza del conocimiento. Y lo podés encontrar en cualquier parte, como en una charla de minibus…en quechua.

Maruja, si algún día lees esto… gracias. 

Doncito, me sigo peinando…pero antes de peinarme lo pienso.